sábado, 12 de enero de 2013

La infame feria de los nefastos.


Todo el desmadre empezó porque de algo tiene que vivir uno. Y yo me ganaba el pan reportando historias de la urbe para El Gráfico, que es un periódico medio chafa pero que tiene sus virtudes.
Cerca de las fechas navideñas, se armó un relajo en la glorieta Simón Bolívar, en la esquina de Reforma y Violeta, porque estaban montando ahí mismo una feria, la tradicional de los Reyes Magos de la alameda, y los vecinos se mostraban levemente encabronados porque nadie los había consultado y temían el escándalo, la basura y la inseguridad. Se pusieron locos y cerraron reforma, llegaron los granaderos y los sacaron a empujones por alterar el orden. A mí me mandaron a reportar el caso.
No es por nada, pero los casos de vecinos rijosos son una de esas cosas que absolutamente me valen madre. Pero soy un profesional, y lo que hace un profesional cuando tiene que enfrentarse a algo que no le importa es poner cara de que tiene todo bajo control y darle el avión a todo el mundo, hacer la chamba lo más rápido y sin complicaciones que se pueda y dejar que las cosas se acomoden solas. Así es que me presenté en el lugar y empecé a hacer preguntas.
Los de la feria no tenían ganas de cooperar mientras montaban sus maquinotas, así es que mejor me fui con los vecinos. Amenazaban con volver a cerrar la calle aunque los sacaran a macanazos. Sacaron cita con el subsecretario de gobierno del D.F., un tal Juan José García, y consiguieron la promesa de que iban a liberar la glorieta para el libre tránsito. Lo que fue un poco de atole con el dedo porque a la mera hora sólo abrieron un tramo para que pasaran los coches, pero la feria se quedó casi como estaba. Las autoridades de la delegación Cuauhtemoc recibieron un buen soborno para dejar las cosas tal cual y se acabó el dilema de los vecinos. No había mucho que decir y mi reportaje apenas si valía la pena.
Cuando ya me iba, un tipo alto, flaco y bien vestido me llamó la atención. Tenía una postura muy rígida, caminaba despacio, como al acecho, y no embonaba en la escena, así es que se activaron todas mis alarmas de periodista investigador. Me acerqué para preguntarle si era vecino o venía con la feria pero me dijo que sólo estaba paseando. Me le quedé viendo fijamente, para darle a entender que lo sabía todo (aunque no supiera nada). Pero antes de que mi táctica tuviera efecto, uno de los foquitos del juego que teníamos al lado explotó sacando chispas y cristalitos. Yo casi me cago, pero al individuo que tenía enfrente algo lo alcanzó en el ojo izquierdo, lanzó una exhalación gutural y levantó la cara buscando a un culpable. El párpado estaba irritado, la ceja chamuscada y el ojo verde y viperino… parecía un ojo de lagarto. El hombre se alejó con prisa, sin prestar atención a mis intenciones de ayudarle, tapándose la herida y balbuceando mentadas de madre.
Lo seguí a una distancia prudente mientras decía para mí mismo: no mames, no mames, no mames. Recién había caído la noche y todavía iban y venían los oficinistas atascando el transporte público y reinventando el tráfico con sus carrazos. Yo esperaba que el sujeto se metiera a un coche o se subiera a un taxi, pero en lugar de eso, pasó entre un campamento de indigentes, a la vuelta de Casa Alianza, y se metió en una alcantarilla de esas que abundan alrededor del metro Hidalgo.
Su puta madre, pensé con elocuencia, y corrí para ver qué pedo. Los mismos indigentes que levantaron la reja del piso, me cerraron el paso cuando estuve cerca. Por más que les ofrecí una lana, no se abrieron. No parecían agresivos, pero ni la mona que se estaban pegando les quitaba el miedo de los ojos.
Regresé a la feria, donde ya probaban algunos juegos, y los vecinos se reunían con las autoridades en medio de la calle. Los de la feria pedían que los dejaran trabajar y los vecinos que los dejaran dormir, porque el ruido estaba cabrón. El que llevaba la batuta del pleito era el subdirector de mercados y vía pública de la delegación, Erwin Arreola Doroteo, que a todos les aseguraba que iban a conseguir lo que solicitaban y que le dieran el beneficio de la duda. Pero era evidente que mentía o que era nuevo en el cargo, porque hablaba con mucha inseguridad, mirando a un lado y otro, y nadie le creía nada, además de que usaba una camisa morada bastante pinche.
Empecé a preguntar si alguien conocía al tipo flaco del ojo raro. Los vecinos no sabían quién era, los de la feria me sacaban la vuelta, los funcionarios presentes no lo ubicaban. En un momento que pude conversar con Pedro Bello, director de gestión social del gobierno central del d.f., me dijo que sí lo había visto, que le habían dicho que era un inversionista de la feria al que se referían como “El Seco” y que mejor me anduviera con cuidado porque la jefa de los ferieros era una señora muy brava.
Cuando ya me iba, a un costado de Garibaldi me detuvo uno de los trabajadores de la feria. No le puedo decir nada, me aseguró, pero esa señora es el diablo, se lo juro. ¿El diablo? Así le dicen: “La diablo”, se lo juro. Todos tenemos miedo desde que ella está a cargo de la feria. Y ese señor… ese señor ni le quiero decir lo que hace. Ellos le pagan mucho a los de la delegación para que no investiguen y los dejen ponerse donde les conviene a ellos, pero no a todos los de la feria nos conviene lo mismo, entiéndanos, es nuestro modo de vida… ¿Y cómo se llama?
No me dijo nada más. Se fue corriendo.
Miedo y sobornos. Vecinos encabronados. Mafias de comerciantes. Autoridades ineptas y corruptas. Un ojo de lagarto. Nada nuevo, salvo el ojo de lagarto. A darle.
En los siguientes días intenté contactar con la susodicha señora organizadora de la feria, pero no conseguí nada. Uno de los dj´s  del negocio se envalentonó y me mostró una foto de celular donde la doña gritaba entre jaloneos en medio de mucha gente. Tenía la lengua verde y las encías oscuras, los dientes muy amarillos, pelo canoso corto y enchinado. Me dijeron que se llamaba Sandra Barrales, o Magnolia García, o Amelia García, o Dorotea quién sabe qué. Total que puro misterio. El mismo chavo me explicó que el flaco del otro día tenía un ojo de vidrio y que a lo mejor se le había botado con la chispa.
A la semana de que había empezado a funcionar la feria, varios vecinos se quejaron de que habían perdido a sus perros y acusaban a los indigentes. El director de seguridad pública Raúl Nieto Castañeda explicó que debido a la cantidad de gente que visitaba la romería, era muy difícil determinar qué estaba pasando, pero que estaban poniendo su mejor empeño en ello. Uno de los vecinos más emputados, y que ya quería ver correr la sangre, un hombre mayor de nombre José Guevara, decía que la gente de la feria se estaba llevando los perros y que con ellos hacían la comida que daban ahí. Pero un niño de los que viven en la calle, entre chemo y chemo dijo que no, que se los daban de comer a unos cocodrilos que tenían en las coladeras.
Cocodrilos, ni más ni menos.
Cuando le presenté la nota a mi editor, me miró con cara de no mames que esto es en serio. Me dijo que investigara más, que consiguiera una foto y algún testimonio más creíble. De inmediato convoqué a Juan Martínez, mi fotógrafo de cabecera, para que nos viéramos en los alrededores de la romería y nos pusiéramos las pilas.
Llegué temprano y para pasar el rato me metí entre los changarros de la feria. Puta qué escándalo. Cinco o seis bombardeos musicales diferentes al mismo tiempo, más los gritos de los animadores y los motores de los juegos rechinando. Para que no me reventara la cabeza me subí al Kamikaze, un juego lleno de foquitos multicolores que hace oscilaciones de un lado a otro hasta que termina por dar una vuelta de trescientos sesenta grados. La gracia es que la gente queda suspendida un instante cabeza abajo, a considerable altura. Se trata de gritar o guacarearse.
La segunda vez que quedé boca abajo una imagen absurda me dejó pasmado, fulminando mi conciencia como un relámpago.
El juego estaba colocado enfrente de un edificio de departamentos donde vivían varios de los vecinos quejosos. Justo delante de mí, pude ver a través de una ventana del edificio, al sujeto del ojo reptiliano, a la señora de la foto y al funcionario mamón de la camisa morada, juntos en una recámara sin muebles, iluminada por un foco pelón, divirtiéndose mientras destripaban a un perro que tenían colgado… al perro y a mí se nos escurrían las vísceras en la misma dirección, mientras el mundo entero permanecía patas arriba. A los ojetes de la ventana les brillaban los ojos y se relamían con lenguas viperinas.
Vomité los tacos de carnitas del mediodía, pero ni así detuvieron el juego.
Cuando volví a estar en posición de asomarme a la ventana, habían cerrado la cortina.
¿Se siente bien? Me preguntaron al bajarme. Para dejarles claro lo que opinaba de su pinche feria, vomité de nuevo. Fue cuando apareció Juan Martínez y me llevó aparte. Estás verde, me dijo. Me miraba serio, pero sentí que se divertía. Su cara siempre ha sido un glifo maya. Ponte trucha, le dije yo. Tenemos que conseguir imágenes de tal y tales, le explicaba mientras me limpiaba la camisa. Hay que seguirlos cuando salgan por esa puerta, no importa cuánto se tarden.
El primero en salir fue Erwin Arreola (subdirector de mercados y vía pública). Se veía descompuesto y nervioso. Se subió en una patrulla que lo esperaba afuera y se fue. Me pareció que convenía esperar a los otros.
Tuvimos que ser pacientes y aguantarnos el frío hasta las tres de la mañana, cuando los monstruos mecánicos ya dormían la mona.
Llegó otra patrulla y se acomodó entre los juegos. El Seco y La Diablo saludaron a los de uniforme y mientras los agentes cuidaban, descargaron del interior de los changarros unas bolsas negras muy sospechosas. Juan y yo, escondidos atrás de un carrito de tirele al pato, no sabíamos qué hacer, porque documentar eso no valía la pena y corríamos el riesgo de delatarnos, pero no hacer nada era desperdiciar la ocasión. Uno de los indigentes de la zona, un ñor que andaba para variar hasta su madre, pasó entre los policías, que lo detuvieron, lo sometieron y le dieron unos zapes para que no rezongara. Decidí que teníamos que jugárnosla completa, y salí del escondite, seguido por mi fiel escudero que no entendía ni vergas.
Fui directo con la autoridad. Todos se pusieron alerta, pero claramente los sacamos de pedo. La diablo tenía en las manos una bolsa grande que apenas podía sostener. Juan disparó una foto. ¿Qué se les ofrece? Nada, saber qué hacen a estas horas, somos periodistas. Nada que les importe. Es que los vecinos se han quejado, ya sabe ¿no? El Seco se me acercó y me tomó de la muñeca con una fuerza descomunal, me miró y ahora sí pude ver con claridad que aquel ojo sin maquillaje no era humano. Me miraba con hambre y yo me sentí como un ratón acechado por una víbora. Juan empezó con la ráfaga de fotos. La señora quería que El Seco se moviera a un lado, y los policías no hallaban para dónde hacerse. El indigente empezó a gritar ¡Cocodrilos! ¡Cocodrilos! Y se echó a correr hasta que se tropezó con un cable.
A La Diablo se le cayó la bolsa. Más fotos. Algo orgánico y sanguinolento se desparramó por el asfalto. Pedazos de perro y humano, creo yo. El Seco me levantó como si yo fuera de peluche y me aventó cinco metros más allá, para irse sobre Juan, que apenas ver al tipo que se acercaba corrió como la puta que siempre ha sido. El teporocho para un lado, el fotógrafo para otro, y yo, con ese infalible sentido de la oportunidad que siempre me ha caracterizado, le metí patas en otra dirección.
No supe si no supieron a quién seguir los policías, o si más bien les valió madres, porque no se movieron de su lugar. Tampoco La Diablo hizo nada. El Seco siguió a Juan, según el mismo me contó después. Lo alcanzó en medio de la glorieta, justo debajo de una de las torres de iluminación, lo pescó del cogote y sacó una lengua delgada y larga para saborearlo, pero Juan le sorrajó un chingadazo marca llorarás en el hocico con su cámara. El tipo agarró el aparato y se lo arrancó del cuello, lo cual Juan aprovechó para correr de nuevo. Un taxi casi lo atropella cruzando la calle, mismo que usó para escapar definitivamente.
Nos encontramos apenas amaneciendo en la redacción del periódico y Juan me puso al tanto de su escapatoria y de la pérdida de la cámara. No importa, me dijo, antes de que me alcanzara pude sacar el chip de memoria. Tenemos las fotos. Ya chingamos entonces, dije yo. Y toda la tarde estuve redactando mi artículo.
Al día siguiente nos corrieron del trabajo. Nadie nos creyó ni con las fotos, que tampoco eran la gran cosa. Típicas de Jaime Mausán, donde lo que hay que probar no se ve claro. ¿Y si vamos con Jaime Mausán? Me preguntó Juan Martínez mientras nos tomábamos un tecito de consolación enfrente de la renovada Alameda Central. No la chingues, dije yo, ese wey es uno de ellos. Hablamos largo y tendido de lo que habíamos visto. ¿Será posible?
Un hombre que estaba sentado en la mesa de al lado se nos acercó y nos dejó una tarjeta, por si se les ofrece una chamba, dijo. Semanario Vigilante, decía el papelito, con teléfono y dirección.
Caminamos otra vez hacia la feria, que ya estaba funcionando otra vez a toda máquina.
Entonces vimos al mismo teporocho de la noche anterior, escarbando en un bote de basura. Lo rodeamos y le invitamos una torta. No se acordaba de nosotros, pero cuando le hablamos de los lagartos se puso muy serio y dijo que sí, que los había visto en las alcantarillas. Que se habían comido a su hermano. Que él no les iba a tener miedo. Que venían de otro planeta (y señalaba las torres de luz de la glorieta, que dicho sea de paso, parecen ovnis) Que los perros los saben reconocer. Y juró que se los iba a madrear a todos.
Nadie nos va a creer. Afirmó con tristeza el fotógrafo.
Así somos, dije yo, a veces preferimos no ver. No fijarnos en esas cosas que desbaratan el mundo en el que creemos vivir. Es más cómodo decir no es cierto. Es más cómodo decir están locos. Pero fíjate en los mugrosos esos: los que viven a ras de piso saben que abajo hay cosas que no nos atrevemos a nombrar siquiera.
Una semana después, ante la urgencia, nos presentamos al semanario Vigilante y ofrecimos nuestros servicios. Amador Cifuentes, el director, nos recibió como si fuéramos corresponsales de guerra regresando de Irak (héroes del periodismo, pues).
Necesito gente valiente, nos dijo. Gente que se atreva a ver la mugre que esta sociedad barre debajo de la alfombra. Ustedes dos forman un buen equipo, ambos pueden hacer una diferencia.
Aquí nos tiene, asentí. Somos ambivalientes, dijo Juan, que habla poco y la caga mucho.
El señor Cifuentes remató estrechándonos la mano:
Se va a poner bueno, van a ver.

No estoy paranoico


Escribo este diario para que ya no me tiren de a loco. Porque un día será evidente que la conspiración existe.
No sé cuándo vendrán por mí para encerrarme y callarme o de qué manera harán que todo esto parezca un delirio de otro mariguano más. Puede ser que un día desaparezca sin dejar rastro. Mientras tanto, ahí les va:
Me llamo Nabor Solano, cronista del semanario Vigilante, especializado en casos difíciles e incómodos. Soy el reportero estrella porque no me ando con mamadas y digo las cosas como son. Escribo este diario porque me mandaron con una terapeuta para que me estuviera en paz y me pusieron como condición que escribiera un diario. Hazme el puto favor. No estoy paranoico. Si todo está ahí, en mis reportajes. Pero como quieren que hable de cosas personales pues ahí tienen. Mi mamá vive en Tampico. Acá en el df mi único pariente es la tía Meli. No tomo alcohol ni fumo mota, como quisieron difundir mis detractores. Ni siquiera tomo café. Me gustan los helados de queso. Me gusta una china que se llama Anita Pong, pero ella ni sabe que existo. Trabaja en una tiendita de inciensos y abanicos. Es medio pendeja, pero igual me gusta. No es cierto que me pagan para difamar políticos. Ellos solitos se empuercan. No tengo preferencias políticas, ni nunca me ha interesado la política, ni entiendo nada de política y es más: la política no existe.
Hoy por hoy, lo que sí me consta es que hay una conspiración para que nos cargue la chingada. Por si no se han dado cuenta. Y de eso se trata este diario, no de mis cosas personales que a nadie le importan. Pero como mis cosas personales se empezaron a mezclar con la conspiración y con la chingada, pues ahora ya viene todo junto con pegado. Así es que si no les importan mis cosas personales pues se chingan, y si no les importa la conspiración, pues ya se chingaron, y si no les importa la chingada, pues a chingar a su madre entonces. Como quien dice.