Todo el desmadre empezó
porque de algo tiene que vivir uno. Y yo me ganaba el pan reportando historias
de la urbe para El Gráfico, que es un
periódico medio chafa pero que tiene sus virtudes.
Cerca de las fechas
navideñas, se armó un relajo en la glorieta Simón Bolívar, en la esquina de
Reforma y Violeta, porque estaban montando ahí mismo una feria, la tradicional
de los Reyes Magos de la alameda, y los vecinos se mostraban levemente
encabronados porque nadie los había consultado y temían el escándalo, la basura
y la inseguridad. Se pusieron locos y cerraron reforma, llegaron los granaderos
y los sacaron a empujones por alterar el orden. A mí me mandaron a reportar el
caso.
No es por nada, pero
los casos de vecinos rijosos son una de esas cosas que absolutamente me valen
madre. Pero soy un profesional, y lo que hace un profesional cuando tiene que
enfrentarse a algo que no le importa es poner cara de que tiene todo bajo
control y darle el avión a todo el mundo, hacer la chamba lo más rápido y sin
complicaciones que se pueda y dejar que las cosas se acomoden solas. Así es que
me presenté en el lugar y empecé a hacer preguntas.
Los de la feria no
tenían ganas de cooperar mientras montaban sus maquinotas, así es que mejor me
fui con los vecinos. Amenazaban con volver a cerrar la calle aunque los sacaran
a macanazos. Sacaron cita con el subsecretario de gobierno del D.F., un tal
Juan José García, y consiguieron la promesa de que iban a liberar la glorieta
para el libre tránsito. Lo que fue un poco de atole con el dedo porque a la
mera hora sólo abrieron un tramo para que pasaran los coches, pero la feria se
quedó casi como estaba. Las autoridades de la delegación Cuauhtemoc recibieron
un buen soborno para dejar las cosas tal cual y se acabó el dilema de los
vecinos. No había mucho que decir y mi reportaje apenas si valía la pena.
Cuando ya me iba, un
tipo alto, flaco y bien vestido me llamó la atención. Tenía una postura muy
rígida, caminaba despacio, como al acecho, y no embonaba en la escena, así es
que se activaron todas mis alarmas de periodista investigador. Me acerqué para
preguntarle si era vecino o venía con la feria pero me dijo que sólo estaba
paseando. Me le quedé viendo fijamente, para darle a entender que lo sabía todo
(aunque no supiera nada). Pero antes de que mi táctica tuviera efecto, uno de
los foquitos del juego que teníamos al lado explotó sacando chispas y
cristalitos. Yo casi me cago, pero al individuo que tenía enfrente algo lo
alcanzó en el ojo izquierdo, lanzó una exhalación gutural y levantó la cara
buscando a un culpable. El párpado estaba irritado, la ceja chamuscada y el ojo
verde y viperino… parecía un ojo de lagarto. El hombre se alejó con prisa, sin
prestar atención a mis intenciones de ayudarle, tapándose la herida y
balbuceando mentadas de madre.
Lo seguí a una
distancia prudente mientras decía para mí mismo: no mames, no mames, no mames.
Recién había caído la noche y todavía iban y venían los oficinistas atascando el
transporte público y reinventando el tráfico con sus carrazos. Yo esperaba que
el sujeto se metiera a un coche o se subiera a un taxi, pero en lugar de eso,
pasó entre un campamento de indigentes, a la vuelta de Casa Alianza, y se metió
en una alcantarilla de esas que abundan alrededor del metro Hidalgo.
Su puta madre, pensé
con elocuencia, y corrí para ver qué pedo. Los mismos indigentes que levantaron
la reja del piso, me cerraron el paso cuando estuve cerca. Por más que les
ofrecí una lana, no se abrieron. No parecían agresivos, pero ni la mona que se
estaban pegando les quitaba el miedo de los ojos.
Regresé a la feria,
donde ya probaban algunos juegos, y los vecinos se reunían con las autoridades
en medio de la calle. Los de la feria pedían que los dejaran trabajar y los
vecinos que los dejaran dormir, porque el ruido estaba cabrón. El que llevaba
la batuta del pleito era el subdirector de mercados y vía pública de la
delegación, Erwin Arreola Doroteo, que a todos les aseguraba que iban a
conseguir lo que solicitaban y que le dieran el beneficio de la duda. Pero era
evidente que mentía o que era nuevo en el cargo, porque hablaba con mucha
inseguridad, mirando a un lado y otro, y nadie le creía nada, además de que
usaba una camisa morada bastante pinche.
Empecé a preguntar si
alguien conocía al tipo flaco del ojo raro. Los vecinos no sabían quién era,
los de la feria me sacaban la vuelta, los funcionarios presentes no lo
ubicaban. En un momento que pude conversar con Pedro Bello, director de gestión
social del gobierno central del d.f., me dijo que sí lo había visto, que le
habían dicho que era un inversionista de la feria al que se referían como “El
Seco” y que mejor me anduviera con cuidado porque la jefa de los ferieros era
una señora muy brava.
Cuando ya me iba, a un
costado de Garibaldi me detuvo uno de los trabajadores de la feria. No le puedo
decir nada, me aseguró, pero esa señora es el diablo, se lo juro. ¿El diablo? Así
le dicen: “La diablo”, se lo juro. Todos tenemos miedo desde que ella está a
cargo de la feria. Y ese señor… ese señor ni le quiero decir lo que hace. Ellos
le pagan mucho a los de la delegación para que no investiguen y los dejen
ponerse donde les conviene a ellos, pero no a todos los de la feria nos
conviene lo mismo, entiéndanos, es nuestro modo de vida… ¿Y cómo se llama?
No me dijo nada más. Se
fue corriendo.
Miedo y sobornos. Vecinos
encabronados. Mafias de comerciantes. Autoridades ineptas y corruptas. Un ojo
de lagarto. Nada nuevo, salvo el ojo de lagarto. A darle.
En los siguientes días
intenté contactar con la susodicha señora organizadora de la feria, pero no
conseguí nada. Uno de los dj´s del
negocio se envalentonó y me mostró una foto de celular donde la doña gritaba
entre jaloneos en medio de mucha gente. Tenía la lengua verde y las encías oscuras,
los dientes muy amarillos, pelo canoso corto y enchinado. Me dijeron que se
llamaba Sandra Barrales, o Magnolia García, o Amelia García, o Dorotea quién
sabe qué. Total que puro misterio. El mismo chavo me explicó que el flaco del
otro día tenía un ojo de vidrio y que a lo mejor se le había botado con la
chispa.
A la semana de que
había empezado a funcionar la feria, varios vecinos se quejaron de que habían
perdido a sus perros y acusaban a los indigentes. El director de seguridad
pública Raúl Nieto Castañeda explicó que debido a la cantidad de gente que
visitaba la romería, era muy difícil determinar qué estaba pasando, pero que
estaban poniendo su mejor empeño en ello. Uno de los vecinos más emputados, y
que ya quería ver correr la sangre, un hombre mayor de nombre José Guevara,
decía que la gente de la feria se estaba llevando los perros y que con ellos
hacían la comida que daban ahí. Pero un niño de los que viven en la calle, entre
chemo y chemo dijo que no, que se los daban de comer a unos cocodrilos que
tenían en las coladeras.
Cocodrilos, ni más ni
menos.
Cuando le presenté la
nota a mi editor, me miró con cara de no mames que esto es en serio. Me dijo
que investigara más, que consiguiera una foto y algún testimonio más creíble. De
inmediato convoqué a Juan Martínez, mi fotógrafo de cabecera, para que nos
viéramos en los alrededores de la romería y nos pusiéramos las pilas.
Llegué temprano y para
pasar el rato me metí entre los changarros de la feria. Puta qué escándalo.
Cinco o seis bombardeos musicales diferentes al mismo tiempo, más los gritos de
los animadores y los motores de los juegos rechinando. Para que no me reventara
la cabeza me subí al Kamikaze, un
juego lleno de foquitos multicolores que hace oscilaciones de un lado a otro
hasta que termina por dar una vuelta de trescientos sesenta grados. La gracia
es que la gente queda suspendida un instante cabeza abajo, a considerable
altura. Se trata de gritar o guacarearse.
La segunda vez que
quedé boca abajo una imagen absurda me dejó pasmado, fulminando mi conciencia
como un relámpago.
El juego estaba
colocado enfrente de un edificio de departamentos donde vivían varios de los
vecinos quejosos. Justo delante de mí, pude ver a través de una ventana del
edificio, al sujeto del ojo reptiliano, a la señora de la foto y al funcionario
mamón de la camisa morada, juntos en una recámara sin muebles, iluminada por un
foco pelón, divirtiéndose mientras destripaban a un perro que tenían colgado…
al perro y a mí se nos escurrían las vísceras en la misma dirección, mientras
el mundo entero permanecía patas arriba. A los ojetes de la ventana les
brillaban los ojos y se relamían con lenguas viperinas.
Vomité los tacos de
carnitas del mediodía, pero ni así detuvieron el juego.
Cuando volví a estar en
posición de asomarme a la ventana, habían cerrado la cortina.
¿Se siente bien? Me
preguntaron al bajarme. Para dejarles claro lo que opinaba de su pinche feria,
vomité de nuevo. Fue cuando apareció Juan Martínez y me llevó aparte. Estás
verde, me dijo. Me miraba serio, pero sentí que se divertía. Su cara siempre ha
sido un glifo maya. Ponte trucha, le dije yo. Tenemos que conseguir imágenes de
tal y tales, le explicaba mientras me limpiaba la camisa. Hay que seguirlos
cuando salgan por esa puerta, no importa cuánto se tarden.
El primero en salir fue
Erwin Arreola (subdirector de mercados y vía pública). Se veía descompuesto y
nervioso. Se subió en una patrulla que lo esperaba afuera y se fue. Me pareció
que convenía esperar a los otros.
Tuvimos que ser
pacientes y aguantarnos el frío hasta las tres de la mañana, cuando los
monstruos mecánicos ya dormían la mona.
Llegó otra patrulla y
se acomodó entre los juegos. El Seco y La Diablo saludaron a los de uniforme y
mientras los agentes cuidaban, descargaron del interior de los changarros unas
bolsas negras muy sospechosas. Juan y yo, escondidos atrás de un carrito de
tirele al pato, no sabíamos qué hacer, porque documentar eso no valía la pena y
corríamos el riesgo de delatarnos, pero no hacer nada era desperdiciar la
ocasión. Uno de los indigentes de la zona, un ñor que andaba para variar hasta
su madre, pasó entre los policías, que lo detuvieron, lo sometieron y le dieron
unos zapes para que no rezongara. Decidí que teníamos que jugárnosla completa,
y salí del escondite, seguido por mi fiel escudero que no entendía ni vergas.
Fui directo con la
autoridad. Todos se pusieron alerta, pero claramente los sacamos de pedo. La
diablo tenía en las manos una bolsa grande que apenas podía sostener. Juan
disparó una foto. ¿Qué se les ofrece? Nada, saber qué hacen a estas horas,
somos periodistas. Nada que les importe. Es que los vecinos se han quejado, ya
sabe ¿no? El Seco se me acercó y me tomó de la muñeca con una fuerza
descomunal, me miró y ahora sí pude ver con claridad que aquel ojo sin
maquillaje no era humano. Me miraba con hambre y yo me sentí como un ratón
acechado por una víbora. Juan empezó con la ráfaga de fotos. La señora quería
que El Seco se moviera a un lado, y los policías no hallaban para dónde
hacerse. El indigente empezó a gritar ¡Cocodrilos! ¡Cocodrilos! Y se echó a
correr hasta que se tropezó con un cable.
A La Diablo se le cayó
la bolsa. Más fotos. Algo orgánico y sanguinolento se desparramó por el
asfalto. Pedazos de perro y humano, creo yo. El Seco me levantó como si yo
fuera de peluche y me aventó cinco metros más allá, para irse sobre Juan, que
apenas ver al tipo que se acercaba corrió como la puta que siempre ha sido. El
teporocho para un lado, el fotógrafo para otro, y yo, con ese infalible sentido
de la oportunidad que siempre me ha caracterizado, le metí patas en otra
dirección.
No supe si no supieron
a quién seguir los policías, o si más bien les valió madres, porque no se
movieron de su lugar. Tampoco La Diablo hizo nada. El Seco siguió a Juan, según
el mismo me contó después. Lo alcanzó en medio de la glorieta, justo debajo de una
de las torres de iluminación, lo pescó del cogote y sacó una lengua delgada y
larga para saborearlo, pero Juan le sorrajó un chingadazo marca llorarás en el hocico
con su cámara. El tipo agarró el aparato y se lo arrancó del cuello, lo cual
Juan aprovechó para correr de nuevo. Un taxi casi lo atropella cruzando la
calle, mismo que usó para escapar definitivamente.
Nos encontramos apenas
amaneciendo en la redacción del periódico y Juan me puso al tanto de su
escapatoria y de la pérdida de la cámara. No importa, me dijo, antes de que me
alcanzara pude sacar el chip de memoria. Tenemos las fotos. Ya chingamos
entonces, dije yo. Y toda la tarde estuve redactando mi artículo.
Al día siguiente nos
corrieron del trabajo. Nadie nos creyó ni con las fotos, que tampoco eran la
gran cosa. Típicas de Jaime Mausán, donde lo que hay que probar no se ve claro.
¿Y si vamos con Jaime Mausán? Me preguntó Juan Martínez mientras nos tomábamos
un tecito de consolación enfrente de la renovada Alameda Central. No la
chingues, dije yo, ese wey es uno de ellos. Hablamos largo y tendido de lo que
habíamos visto. ¿Será posible?
Un hombre que estaba
sentado en la mesa de al lado se nos acercó y nos dejó una tarjeta, por si se
les ofrece una chamba, dijo. Semanario Vigilante, decía el papelito, con
teléfono y dirección.
Caminamos otra vez hacia
la feria, que ya estaba funcionando otra vez a toda máquina.
Entonces vimos al mismo
teporocho de la noche anterior, escarbando en un bote de basura. Lo rodeamos y
le invitamos una torta. No se acordaba de nosotros, pero cuando le hablamos de
los lagartos se puso muy serio y dijo que sí, que los había visto en las
alcantarillas. Que se habían comido a su hermano. Que él no les iba a tener
miedo. Que venían de otro planeta (y señalaba las torres de luz de la glorieta,
que dicho sea de paso, parecen ovnis) Que los perros los saben reconocer. Y
juró que se los iba a madrear a todos.
Nadie nos va a creer.
Afirmó con tristeza el fotógrafo.
Así somos, dije yo, a
veces preferimos no ver. No fijarnos en esas cosas que desbaratan el mundo en
el que creemos vivir. Es más cómodo decir no es cierto. Es más cómodo decir
están locos. Pero fíjate en los mugrosos esos: los que viven a ras de piso
saben que abajo hay cosas que no nos atrevemos a nombrar siquiera.
Una semana después,
ante la urgencia, nos presentamos al semanario Vigilante y ofrecimos nuestros
servicios. Amador Cifuentes, el director, nos recibió como si fuéramos
corresponsales de guerra regresando de Irak (héroes del periodismo, pues).
Necesito gente
valiente, nos dijo. Gente que se atreva a ver la mugre que esta sociedad barre
debajo de la alfombra. Ustedes dos forman un buen equipo, ambos pueden hacer
una diferencia.
Aquí nos tiene, asentí.
Somos ambivalientes, dijo Juan, que habla poco y la caga mucho.
El señor Cifuentes
remató estrechándonos la mano:
Se va a poner bueno,
van a ver.